
Isadora Duncan (San Francisco, 1877 – Niza, 1927) fue una bailarina estadounidense pionera de la danza libre: la primera gran figura que rompió con las reglas del ballet clásico para bailar descalza, con túnicas de inspiración griega y con la música de los grandes compositores, buscando un movimiento natural que naciera de la emoción y no de un código de pasos. Por eso se la considera la madre de la danza moderna. Este texto nació en 2019, cuando el Museo del Traje de Madrid le dedicó una de las visitas de su ciclo «Personajes históricos»: una mujer adelantada a su tiempo, también en su manera de vestir.
Quién fue Isadora Duncan
Nació en San Francisco en 1877 y bailó desde niña, con una formación clásica en sus comienzos de la que pronto se fue alejando. A finales del siglo XIX se trasladó a Europa —primero a Londres, en 1898, y hacia 1900 a París—, donde el arte antiguo del Louvre y la Exposición Universal de 1900 terminaron de definir su estilo, y fue en Europa donde se hizo famosa. En 1904 abrió su primera escuela en Grunewald, cerca de Berlín, de la que salieron sus discípulas más conocidas, las «Isadorables», y en 1921 fundó otra en Moscú. Su vida fue tan libre y tan agitada como su danza, con luces y sombras, y terminó de forma trágica en Niza, el 14 de septiembre de 1927, cuando su chal se enganchó en la rueda del automóvil en el que viajaba.
Qué cambió: la danza libre
Bailarina clásica en sus comienzos, Isadora se fue alejando poco a poco de los patrones rígidamente impuestos hasta entonces e incorporó movimientos y puestas en escena más relacionados con la naturaleza del ser humano, instaurando un nuevo concepto de danza que rompía radicalmente con lo anterior. Para ella el movimiento nacía del centro del cuerpo, del plexo solar, y no de una posición codificada. En sus danzas relacionaba de una manera única los temas clásicos, la literatura, el teatro y la Grecia antigua, y bailaba con música de concierto —Chopin, Gluck, Beethoven o Wagner— que no había sido escrita para la danza, poniendo de relieve la expresión de sentimientos como el dolor, la felicidad, la tristeza, la alegría o la muerte: sus personajes no tenían que representar ningún papel en concreto y sus movimientos eran libres, lejos de los pasos preconcebidos. También innovó en la puesta en escena, minimalista en cuanto a decorado y en vestuario, que consistía básicamente en túnicas vaporosas y los pies descalzos, el pelo suelto y nada de maquillaje, en total oposición a los tutús, las medias, los peinados y maquillajes elaborados, las zapatillas de punta y los complicados decorados del ballet clásico.
Su huella en la danza moderna
En su carrera no todo fue fácil: el público, acostumbrado al lenguaje de la danza clásica, no entendía su forma de ver el movimiento, y su estilo de vida fue polémico. Pero artistas como Rodin o Bourdelle la dibujaron y la esculpieron, y su influencia fue determinante en sus contemporáneos y en las generaciones posteriores: la idea de que se puede bailar desde la emoción, con el cuerpo libre y sobre cualquier música, está en la base de toda la danza moderna y contemporánea del siglo XX. En 1987 fue incluida en el National Museum of Dance and Hall of Fame de Estados Unidos. Y su figura sigue inspirando creaciones hoy: en nuestra propia Compañía CDAM tenemos en repertorio una coreografía titulada Isadora. Si te interesa su historia y su vestuario, merece la pena una visita al Museo del Traje, que en 2019 le dedicó una de las visitas comentadas de su ciclo «Personajes históricos».
En CDAM nos gusta recordar a Isadora por una razón muy concreta: demostró que la danza no tiene una sola forma ni una sola edad para empezar. Si siempre has querido bailar y crees que ya es tarde, en nuestras clases de ballet para adultos en Madrid se empieza desde cero, sin límite de edad y a tu ritmo, con una primera clase de prueba gratuita.
