El Ballet en la era de Instagram

Misty Copeland rodeada de jóvenes bailarinas

«Las estrellas de la danza, ayer inaccesibles, se exhiben en la red. ¿Avance o banalización?». Así resumía La Vanguardia en enero de 2019 un debate que desde entonces no ha hecho más que crecer. Nuestra respuesta corta, desde una escuela de ballet: las dos cosas. Instagram ha dado al ballet una visibilidad que nunca tuvo y ha acercado a los bailarines a su público, pero también ha traído el culto a la imagen y la comparación constante, que a las alumnas jóvenes les pesa más de lo que parece. Aquí va nuestra reflexión.

Lo que Instagram ha dado al ballet

Lo primero, visibilidad. Durante décadas el ballet fue un arte que solo se veía en el teatro, y las estrellas eran figuras lejanas que uno conocía por una foto de programa de mano. Hoy cualquier chica de Ciudad Lineal puede ver el calentamiento de una primera bailarina, el trabajo de un ensayo o el interior de un teatro que quizá no pise nunca. Eso ha creado vocaciones y ha derribado la idea de que el ballet es algo cerrado y elitista.

Lo segundo, bailarines-creadores. Muchos intérpretes han dejado de ser solo la voz de un coreógrafo para contar su propio trabajo, sus lesiones, sus dudas y su día a día. Ver a un profesional explicando cómo prepara unas puntas o cómo cuida su cuerpo es una lección de humildad para cualquier alumno.

Y lo tercero, acceso a clases y a información. Barras completas, tutoriales de estiramientos, explicaciones de pasos, entrevistas… Bien filtrado, es un complemento estupendo a la clase presencial, sobre todo para el alumnado adulto y adolescente que quiere entender lo que hace.

Los riesgos

El primero es el culto a la imagen. En una red que premia la foto espectacular, el ballet corre el riesgo de reducirse a piernas a 180 grados y empeines imposibles, cuando en clase lo que construye a un bailarín es lo que no sale en la foto: la colocación, la musicalidad, la constancia, la coordinación de un port de bras limpio.

El segundo, y el que más nos preocupa como profesoras, es la comparación en las alumnas jóvenes. Una adolescente que dedica horas a mirar cuerpos seleccionados, filtrados y a veces retocados acaba midiéndose contra un estándar que no existe. En el ballet ya hay bastante presión con el espejo de la sala como para añadirle una pantalla.

Y el tercero es la técnica de quince segundos frente al proceso. Un vídeo enseña un resultado, no los años de trabajo que hay detrás. Copiar un ejercicio de flexibilidad o un truco de giro sin la preparación y sin un profesor delante es la vía más corta a la frustración o a la lesión.

Cómo lo vivimos en la escuela

En CDAM no demonizamos las redes: nosotras mismas compartimos la vida de la escuela en Instagram, TikTok, YouTube y Facebook, porque nos parece la mejor manera de enseñar lo que hacemos y de que las familias participen. Pero dentro de la sala la regla es clara —los móviles permanecen apagados o en silencio durante las clases, como recogen nuestras normas— y en el trabajo diario insistimos en dos ideas: que cada cuerpo tiene su ritmo y sus proporciones, y que la única comparación útil es con uno mismo hace tres meses. Cuando una alumna nos enseña un vídeo de Instagram, lo aprovechamos: hablamos de qué hay detrás de ese paso, de cuánto trabajo lleva y de si le conviene ahora. La red puede ser una ventana, siempre que la clase siga siendo el lugar donde se aprende.

En CDAM esta conversación la tenemos sobre todo con las alumnas de 12 a 17 años, la edad en la que las redes pesan más. Si tienes esa edad y quieres bailar —empezando de cero o viniendo de otra escuela—, en nuestras clases de ballet para adolescentes en Madrid trabajarás en un grupo de tu nivel real, con un profesorado que valora el proceso, no la foto.